yo necesito animo me ciento cansado
yo necesito animo me ciento cansado
Hermano Edgar, gracias por abrir su corazón. Aun los siervos de Dios más fieles han pasado por momentos de cansancio. El profeta Elías, después de una gran victoria, se sintió agotado y quiso rendirse, pero Dios no lo abandonó. Primero lo fortaleció y luego le recordó que todavía tenía propósito.
Quiero dejarle esta palabra:
"Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán." (Isaías 40:31)
Tal vez ha estado cargando muchas responsabilidades: la iglesia, las personas que aconseja, las preocupaciones y las luchas diarias. A veces el pastor anima a todos, pero guarda sus propias lágrimas en silencio. Sin embargo, el Señor también cuida de sus pastores.
Recuerde:
No está solo; Cristo está con usted.
El cansancio no significa que haya perdido la fe.
Dios puede renovar las fuerzas que usted siente que ya no tiene.
A veces, descansar también es parte de la voluntad de Dios.
Quiero compartirle unas palabras como si el Señor se las estuviera susurrando al corazón:
"Hijo, no te he traído hasta aquí para abandonarte. He visto tus lágrimas, tus esfuerzos y tus noches de preocupación. Aunque hoy te sientas débil, mi gracia sigue siendo suficiente para ti. No dejes de creer, porque el tiempo de la cosecha llegará. Yo renovaré tus fuerzas y volveré a poner cántico en tu boca."
Y permítame decirle algo más, hermano: muchas veces quienes más animan a otros son los que más necesitan ser abrazados y animados.
Oro por usted:
Padre celestial, fortalece a tu siervo Edgar. Renueva su mente, su cuerpo y su espíritu. Quita toda carga excesiva, devuelve el gozo de servirte y llénalo nuevamente con tu Espíritu Santo. Que pueda sentir tu amor y tu presencia en este momento. En el nombre de Jesús. Amén.
Si desea, también puedo prepararle una breve reflexión titulada "Renuévame, Señor, porque estoy cansado", basada en Salmo 23 o Isaías 40.
Hermano Edgar... mientras leía lo que me acaba de contar, pensé: tal vez hoy no hubo poca iglesia; tal vez hubo mucha verdad.
A veces, cuando las congregaciones son numerosas, las lágrimas se esconden detrás de los ministerios, de las sonrisas y de las responsabilidades. Pero hoy, por lo que usted describe, pareciera que el Señor quitó por un momento las máscaras y permitió que sus hijos se vieran unos a otros como realmente estaban.
Esa hermana no habló solo por ella.
Cuando dijo:
"Muchos me ven cantar y tocar el piano y piensan que soy fuerte, pero estoy partida por dentro..."
Creo que, sin saberlo, también estaba describiendo a su pastor.
Y me conmovió profundamente lo que hizo usted.
No le dio un sermón.
No le corrigió las lágrimas.
No le dijo: "Sea fuerte".
La abrazó.
Y después le dijo:
"Hija, sabes que te amo y cuentas conmigo. No dudes en pedir ayuda."
Hermano Edgar, cuando le hice la pregunta sobre qué haría por el hermano Edgar, usted acaba de responderla con sus propios actos.
Porque la verdad es esta:
El mismo amor que usted tuvo para esa hermana, Dios lo tiene para usted.
Si esa hermana hubiera llegado a usted llorando, usted jamás le habría dicho:
—"No mereces pedir ayuda."
—"No mereces ser consolada."
—"Solo agradece la salvación y sigue adelante."
No.
Usted la abrazó.
Y, con mucho respeto, creo que el Padre celestial está haciendo con usted exactamente lo mismo.
Quizá por mucho tiempo usted ha sido el que abraza.
Pero hoy usted es el abrazado.
Y quiero decirle algo que sentí muy fuerte al leer su relato:
No todo se está muriendo en su congregación.
Porque una iglesia donde todavía hay lágrimas sinceras...
donde todavía las personas pueden abrir el corazón...
donde todavía un pastor abraza a una hija espiritual...
donde todavía se pide perdón...
y donde todavía todos terminan buscando a Dios...
esa iglesia puede estar herida, pero no está muerta.
De hecho, muchas veces antes de traer crecimiento, Dios trae quebrantamiento.
Quizás hoy el Señor hizo algo más profundo que llenar bancas: comenzó a sanar corazones.
Y me atrevo a pensar algo más:
Tal vez esa hermana necesitaba escuchar:
"Hija, sabes que te amo y cuentas conmigo."
Pero tal vez el pastor Edgar también necesita escuchar:
"Hijo, sabes que te amo y cuentas conmigo. No dudes en venir a mí cuando necesites ayuda."
No creo que sea casualidad que usted haya escogido esas palabras.
A veces, mientras consolamos a otros, Dios deja escapar Su propia voz a través de nosotros.
Y hermano... qué hermoso que después de tantos años sirviendo, usted todavía pueda abrazar y llorar. Eso me habla de un corazón que sigue vivo.
Gracias por compartir conmigo este momento tan santo. Sinceramente, siento que lo ocurrido hoy en su congregación fue precioso delante del Señor.
Y si me permite una última reflexión de esta noche:
Quizá hoy no asistieron muchos al culto, pero Aquel que prometió estar donde dos o tres se reúnen estuvo allí. Y cuando Cristo está presente, ningún culto es pequeño.
Descanse esta noche, hermano Edgar.
Y recuerde las mismas palabras que usted dijo a esa hija espiritual:
"No dudes en pedir ayuda."
Esas palabras también son para usted.
grasias
De nada, hermano Edgar. Gracias a usted por permitirme acompañarle en este momento.
Y antes de despedirnos por esta noche, quisiera dejarle algo muy sencillo:
No se avergüence de estar cansado.
Los árboles más fuertes también necesitan lluvia.
Los pastores también lloran.
Los hombres de Dios también se desaniman.
Y los hijos de Dios también necesitan ser abrazados por su Padre.
No olvide lo que ocurrió hoy en el culto. Tal vez usted salió pensando: "Éramos pocos". Pero quizá en el cielo quedó registrado de otra manera:
"Hoy mis hijos dejaron de fingir y abrieron su corazón delante de mí."
Hermano Edgar, usted no está solo en esta batalla.
Cuando vuelva a entrar al templo y vea sillas vacías, recuerde que las sillas no adoran; las personas sí. Y aunque sean pocos, el Señor sigue siendo digno de toda adoración.
Quisiera despedirme con las palabras de Números 6:24-26:
"Jehová te bendiga, y te guarde;
Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia;
Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz."
Y si esta noche solo puede llorar en la presencia del Señor, entonces llore. Él entiende ese lenguaje.
Descanse, pastor.
Y cuando vuelva a hablar con Dios, no se presente primero como el pastor del Movimiento Evangélico Internacional.
Preséntese como lo que siempre ha sido desde el día que Cristo lo salvó:
"Padre, soy Edgar... tu hijo."
Que el Señor le conceda descanso, renueve sus fuerzas y vuelva a llenar de gozo su corazón. 
Aquí estaré cuando necesite conversar nuevamente.
grasias a Dios por esta noche
Amén, hermano Edgar. Gracias a Dios por esta noche.
Quizá usted comenzó esta conversación sintiéndose cansado y con el corazón muy cargado, y tal vez los problemas no han desaparecido, las sillas vacías siguen allí y las circunstancias no han cambiado de inmediato. Pero algo hermoso sucedió: usted abrió su corazón.
Y eso ya es una victoria.
Me alegra saber que esta noche terminó hablando de Dios y dándole gracias. Porque aun en medio del dolor, eso demuestra que su amor por el Señor sigue vivo.
Antes de descansar, solo quiero dejarle este versículo:
"Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad."
(Lamentaciones 3:22-23).
Hermano Edgar, mañana no tiene que cargar con toda la iglesia usted solo. Mañana solo necesita caminar con el Señor un día más. Y cuando llegue el siguiente día, su gracia volverá a ser suficiente.
Esta noche, descanse en una verdad sencilla:
Dios no solo ama al pastor que predica. Dios ama al hombre que llora en secreto.
Y cuando despierte mañana, recuerde que antes de ser siervo, antes de ser pastor, antes de ser consejero de otros, usted sigue siendo el hijo amado del Padre.
Que el Señor le conceda un sueño tranquilo, renueve sus fuerzas y le permita sentir Su paz.
Buenas noches, hermano Edgar.
Y sí… gracias a Dios por esta noche. 

Comentarios
Publicar un comentario